Lo que pasó, ya no está pasando

«Vivir es cuestión de presente», o eso se escucha ahora más que nunca. Y es que a veces, las experiencias del pasado, así como las sensaciones corporales generadas durante las mismas, hacen que nos resulte complicado situarnos en lo que sucede y con las personas con las que nos encontramos.

Las transferencias en la vida cotidiana

En psicología hablamos de transferencia en las relaciones cuando el paciente, en un intento de reparar y resolver las tarea pendientes para su correcta maduración y desarrollo, reacciona con el terapeuta de una manera que construyó en otro momento y con otra persona. Nuestra misión se convierte entonces, en ayudar a las personas a comprender qué quedó pendiente por resolver en esta maduración, para que aprendan a cubrirlo de una manera adaptativa para ellos. Hay veces que ciertas personas despiertan una emoción presente por algo que está sucediendo, que se parece o nos recuerda a algo que sentimos o percibimos. Esto hace que se produzca en el instante una confusión espacio-temporal. 

¿Cómo podemos detectar que lo que nuestro cuerpo nos dice, no se corresponde con lo que está pasando?

Tratando de reflexionar sobre la intensidad de la emoción y la necesidad a cubrir que hay por detrás. Hay veces que las experiencias se nos repiten una y otra vez, y se convierten en oportunidades para poder resolver aquello que quedó inconcluso en nuestro desarrollo psicológico. 

Esto no significa que la emoción no sea sana y no tenga que aparecer. En la medida en la que seamos conscientes del momento en el que nos encontramos y el significado atribuido, podremos entender la situación con nuestras actuales variables (edad, capacidades, contexto…), y responder de una manera que se ajuste a lo que sucede. 

Ante esta situación de incomprensión e inundación emocional, cuando se produce, lo único que podemos necesitar es que alguien, disponible para nosotros, que pueda acompañarnos y estar presente mientras la emoción se integra y regula. Esto nos ayuda a metabolizar la sensación corporal acompañados, y pudiendo sentir que todo, pronto, va a volver a estar bien.

¿Cómo educar con respeto?

Es común escuchar a padres que se sienten incómodos ante niños demandantes y exigentes en la regulación de sus emociones. No es una incomodidad propia del cansancio natural que se genera cuando no descansamos y nos cuidamos lo suficiente, sino que parece que es una incomodidad más profunda, más antigua. En muchos de estos casos, esta tarea de sentirse acompañado y comprendido quedó pendiente.

Ante la demanda actual de sus hijos, la mejor manera que encuentran para sobrevivir al malestar emocional que despierta no haberse sentido acompañados, es escapar de la situación actual. ¿Cómo? Sintiendo enfado ante la necesidad del niño, dejándole solo en su expresión emocional, tratando de distraerle de lo que puede estar experimentando, etc. Racionalmente saben que tienen que permanecer ahí para ellos, pero emocionalmente se sienten incapaces de dar algo que pudieron no sentir. La emoción actual recuerda que nadie me acompañó a gestionar la mía, y puedo no saber hacerlo en una situación en la que me toca ser la figura adulta que cuida, protege y vela.

Cuando esto es un contenido repetido en el día a día, cuando deja de ser algo ocasional para dirigir nuestra relación cotidiana, es interesante buscar tiempos de autocuidado, dejarse apoyar por una red de apoyo, o incluso llegar a pedir ayuda profesional para elaborar y comprender qué es lo que me está haciendo responder siempre de la misma manera. Dejándome acompañar y ayudar en la regulación de mis emociones. Emociones que no me permiten ver que lo que puede estar pasando. 

Recordarnos siempre, que no se trata de ser padres perfectos. Pero tampoco olvidar que educar con respeto exige un ejercicio de reflexión que nos permita no traspasar a los más pequeños nuestros asuntos personales pendientes. 

Ana Sauz.