¿CÓMO AFECTAN LOS SECRETOS A LAS RELACIONES FAMILIARES?

«Los secretos más grandes se ocultan siempre en los lugares más inverosímiles«. Roald Dahl.

Y es que no es fácil ocultar realmente un secreto, pues su mera existencia genera una poderosa energía que afecta a nuestra conducta y a nuestras emociones, y, por tanto, a nuestras relaciones con los demás.

Los secretos forman parte de la vida y de las relaciones. Los vemos en la literatura, en el cine, en la televisión. Todos tenemos secretos; algunos son personales, los que no contamos a nadie; y otros los compartimos con amigos, compañeros o familiares. Tienen que ver con la lealtad, a uno mismo y a los demás, y nacen de un sentimiento de vergüenza por revelar algo que, en la propia cultura o moral, no es aceptado. Se suele pensar que contar un secreto va a ser más devastador que no contarlo, y se tiende a guardar con el objetivo de proteger a otros de una supuesta angustia que podría producir el conocimiento de determinados hechos, verdades o acontecimientos.

Y dado que los secretos forman parte de las relaciones, sin duda aparecerán en nuestras relaciones familiares. Pero, ¿cómo afectan los secretos a las relaciones familiares?

Desde que nacemos pertenecemos a una familia con una historia, unas creencias y una forma de relacionarse únicas. La historia familiar nos transmite sus valores y su forma de crear vínculos con los demás y con el mundo. Y como todas las historias, la historia familiar cuenta con determinados silencios sobre hechos que producen vergüenza, culpa o dolor. Cuando estos silencios se mantienen a lo largo del tiempo, se crean mitos familiares que se transmiten de generación en generación. Como escribió Françoise Dolto: «Lo que es callado en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo». De modo que lo que desconocemos de otros miembros de la familia puede llegar a hacer mucho daño pues los hijos, nietos, u otros descendientes tenderán a reproducir  aquello que se intenta ocultar hasta que salga a la luz, es decir, hasta que el secreto se desvele. Y es que nuestra identidad se sustenta en las experiencias que tenemos; y lo que nos sucede es transmitido por la sociedad, la cultura y, cómo no, la familia. «Mientras no conozcamos la dinámica de nuestro árbol genealógico no nos conocemos» (Alejandro Jodorowsky).

En la familia el secreto actúa como una cortina de silencio que de todas maneras se percibe en el ambiente familiar, entorpeciendo la comunicación entre sus miembros por el estrés que genera, pudiendo abrir una brecha emocional en las relaciones. Si entendemos que en la familia es donde experimentamos las emociones más intensas y comenzamos a desarrollar nuestra identidad, resulta de vital importancia que las relaciones y la comunicación sean sanas, sin secretos que entorpezcan nuestra desarrollo.

Pero, cuidado, no todos los secretos son negativos ni causan malestar, sino que  existen distintos tipos de secretos familiares:

–        Placenteros: su objetivo es agradar al otro, fortalecer la relación, y se desvelan al poco tiempo. Un ejemplo sería una fiesta sorpresa para el padre.

–         Esenciales: sirven para poner fronteras frente a otros miembros, siendo necesaria su existencia en las dinámicas familiares: secretos entre los padres que los hijos no conocen o secretos entre hermanos. Ayudan al funcionamiento de los subsistemas en la familia.

–        Peligrosos: ocultan información que hace daño a otras personas, como los abusos, el maltrato o el asesinato.

–        Nocivos: tienen efectos negativos crónicos en la comunicación, en la capacidad para solucionar problemas y en el bienestar emocional. Hablamos de secretos relacionados con infidelidades, secretos financieros o relacionados con el trabajo.

 

Podríamos decir que los dos primeros son secretos sanos o constructivos, pues favorecen la confianza y la comunicación familiar y protegen a la familia y sus miembros ayudándoles a crecer como familia y como personas. Es decir, fomentan un adecuado funcionamiento familiar. Los otros dos tipos, podrían considerarse negativos o destructivos pues generan tensión y aislamiento, deteriorando las relaciones al menoscabar la confianza por el dolor producido.

Ahora bien, ¿es necesario desvelar cualquier secreto?

No hay una fórmula para saber si revelar un secreto o no, o cómo y cuándo hacerlo, sino que hay que tener en cuenta diversas cuestiones. En primer lugar, la motivación. ¿Deseo contar el secreto como venganza, para dañar al otro, o mi intención es fomentar la confianza y reparar la relación? También hay que considerar cómo afectará el secreto al que lo escucha, a la relación y al resto de la familia. Deben valorarse los beneficios a largo plazo y los perjuicios a corto plazo, así como la capacidad del sistema familiar de integrar y aceptar el contenido del secreto.

Es muy importante asumir la responsabilidad de los propios secretos de modo que la revelación tiene que venir de la persona que posee el secreto, de su dueño. Existen diversas formas de hacerlo:

–        Indirectamente, contándolo a una tercera persona.

–        Esperando que salga a la luz.

–        Poco a poco, desvelando sólo una parte para valorar la reacción del otro.

–        Planteando un posible escenario hipotético («¿Qué pensarías si…?»).

–        Enfadados, se escapa durante una discusión.

–        Directamente, decidimos decirlo, explicando los motivos por los que desvelamos el secreto.
«La verdad dicha de forma adecuada y en el momento oportuno puede curar dolores anímicos y evitar enfermar. Al ocultar la verdad a algún miembro de la familia, le quitamos la posibilidad de elaborar y superar sus dificultades».