CUANDO MI CABEZA ME DICE UNA COSA, PERO MI CUERPO HACE OTRA.

A lo largo de la semana pasada, varias personas compartieron conmigo en su espacio de terapia, como en ocasiones, sus sensaciones corporales y más inconscientes, les llevaban a perder el control y la regulación emocional ante contextos que parecían haber comprendido durante su trabajo personal. El hecho de repetir la misma respuesta “desadaptativa” una y otra vez, era algo que les generaba mucha frustración y malestar vital. A veces, comprender como funciona el cerebro, y como funcionamos nosotros como mamíferos que somos, nos ayuda a poder acogernos y mirarnos con una mayor compasión durante nuestros procesos personales y de cambio.

 

descargaTodos nosotros, en mayor o menor medida, de manera más o menos repetida, hemos atravesado situaciones en las que nuestros recursos tanto físicos como psicológicos se han visto superados. Por ejemplo, cuando fuimos a nuestra primera clase de natación y nos sumergieron por primera vez sin nuestro consentimiento. O nuestro primer día de colegio, cuando nos quedamos sol@s con una persona desconocida….no hace falta que busquemos situaciones muy traumáticas y dolorosas para conectar con la sensación que hemos tenido alguna vez en la vida de “no sentirnos capaces y preparados  para algo”. Ante estas circunstancias, cuando no hemos tenido un apoyo, comprensión y/o validación de nuestros sentimientos, que ayudase a nuestra regulación e integración emocional, lo que hacemos es guardar esa experiencia en el mismo formato somatosensorial en el que lo vivimos en ese momento.

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Estas amenazas (reales o fantaseadas) que aparecen sin avisar, provocarán que respondamos ante eventos que nos recuerden a las mismas circunstancias de dos formas: o luchando (nos enfrentamos a personas o situaciones en función de nuestra percepción y significado vital), o a través de la huida (evitamos a toda costa exponernos a aquellas situaciones que nos recuerdan inconscientemente a algo que nos hizo sufrir). Cuando ninguno de estos dos mecanismos funciona, la naturaleza busca otra salida, que es la parálisis o “congelación”. Esta parálisis en el reino animal, se corresponde con una situación en la que el animal, ante la dificultad para escapar o luchar con el depredador, se paraliza fingiendo estar muerto, ya que un depredador no comería a una presa muerta. Al paralizarse, la criatura entra en un estado en el que no hay dolor, asegurándose así que no sufrirá si la devoran. Es como si nuestro cuerpo se desconectara de nuestras emociones para aislarnos del dolor. Estamos despiertos, pero somos incapaces de dar una respuesta de protección. Esto lo vivimos como cobardía en lugar de cómo supervivencia, interrumpiendo esta respuesta, y no liberando del todo la energía necesaria para iniciar de nuevo la lucha o huida. Alterando más aún nuestro funcionamiento habitual.  

Comprender este funcionamiento, ayuda tanto a nosotros mismo como a las personas que nos rodean, a poder acompañarnos emocionalmente, no empujándonos ni empujando a nadie a sentirse de una manera diferente a la que lo hace. Tratando de no luchar contra las emociones naturales de cada persona, sino realizando un ejercicio de empatía y ausencia de juicio ante los sentimientos propios y de los demás. Desnaturalizar las necesidades emocionales aparentando estar o sentirse como uno no se encuentra, lo único que provoca es que almacenemos mayor material de situaciones traumáticas, limitándonos más y más en la vida. Sin comprender que, son las emociones las que nos impulsan hacia delante, y nos permiten alcanzar todo aquello que nos proponemos, antes o después. Siempre y cuando, aprendamos a escucharlas y dar el espacio que requieren en nuestro funcionamiento.

 

ANA SAUZ