Terapeuta experta en intervención en trauma y apego.
Hay una frase a la que vuelvo una y otra vez: Por la grieta entra la luz.
Quizá porque, con los años, he aprendido que muchas veces son precisamente esos momentos en los que algo se rompe, se desordena o deja de funcionar como antes los que nos obligan a mirar de otra manera.
Durante años trabajé en el mundo de la empresa. Y allí, detrás de los objetivos, las responsabilidades y los roles, fui descubriendo algo profundamente humano: que todos, en algún momento, atravesamos nuestras propias grietas. Todos.
Pérdidas, miedos, inseguridades, conflictos, momentos en los que sentimos que aquello que hasta entonces nos sostenía ya no es suficiente.
Pero también descubrí algo que transformó mi vida: la enorme capacidad que tenemos para volver a encontrarnos, a sanar. Y, sobre todo cómo, muchas veces, ese proceso comienza con algo aparentemente sencillo (o quizás no tanto): sentirnos vistos, comprendidos y acompañados por otra persona. Siempre digo que no hay nada más potente que una persona mirando a los ojos de otra persona y viéndola realmente.
Y fue así fue como mi vida profesional se encaminó hacia la psicología y, sin duda, estas vivencias dejaron una importante huella en mi forma de entender la terapia.
Es por ello que, para mí, el espacio de la terapia es ese lugar donde poder parar, mirar hacia dentro y poner luz en aquello que quizá estaba siendo difícil de ver, comprender o manejar.
Entiendo la terapia como un camino compartido. Un camino en el que, paso a paso, el terapeuta puede abrir el espacio y poner a disposición de la persona toda su experiencia para que ella pueda comprenderse mejor, reconocer sus propios recursos y encontrar una forma de vivir más acorde consigo misma.
Un camino que no siempre es lineal y que tampoco necesita ser recorrido deprisa. A veces consiste en avanzar. Otras, en detenerse. En volver sobre nuestra historia. En aprender a permanecer con lo que sentimos sin tener que resolverlo inmediatamente.
Un espacio para poder acercarnos, poco a poco, a aquello que sentimos, a aquello que necesitamos. Alumbrar, poner un poquito de luz en nuestras vidas y, estar un poco más cerca de lo que somos.
Por eso sigo pensando que, la terapia, no consiste en cerrar la grieta, sino en acercarnos a ella lo suficiente como para descubrir qué luz entra por ahí.











